La Historia Invisible de un Concierto
Después de un concierto, a veces algunas personas del público se acercan a mí o a mis compañeros de escenario y nos dicen:
"Fue un concierto maravilloso. Nos quedamos con ganas de más. Ojalá hubiera durado un poco más."
Y cada vez pienso exactamente lo mismo:
"Ojalá pudieran ver todo el proceso y el esfuerzo que hay detrás de ese concierto."
Siempre he querido hablar de esto, pero es un tema demasiado amplio para explicarlo en una conversación breve al terminar una actuación. Por eso decidí dedicarle un espacio en mi página web.
La realidad es que, para nosotros, un concierto de tango no comienza el día en que subimos al escenario. Muchas veces empieza semanas o incluso meses antes. Detrás de una actuación que para el público puede parecer breve existe un largo proceso de planificación, preparación, estudio y ensayo.
Cuando se programa un concierto, la primera pregunta que nos hacemos es:
"¿Para quién estamos tocando?"
La respuesta determina prácticamente todo lo que viene después.
Cada tipo de concierto requiere un repertorio diferente e incluso una forma distinta de interpretar la música.
Si vamos a tocar en una milonga, es decir, en una noche de baile, elegimos el repertorio pensando principalmente en los bailarines. Buscamos piezas conocidas como para bailar: tangos con ritmos claros, tempos relativamente estables y una energía adecuada para la pista. El objetivo es que el pulso, el carácter y la intensidad de la música lleguen con claridad a quienes están bailando y que la energía de la noche fluya de manera natural.
Si, en cambio, vamos a compartir escenario con bailarines profesionales, todo cambia. En el tango escénico cobran importancia los contrastes dramáticos, los acentos repentinos, los cambios rítmicos, las melodías expresivas y las variaciones dinámicas de tempo. En estos espectáculos, músicos y bailarines comparten el protagonismo. La música ya no está únicamente al servicio del baile; también tiene la misión de contar historias.
Existe además otro formato: los conciertos concebidos exclusivamente para la escucha.
En ese caso, el foco principal está en los músicos. Tenemos la oportunidad de desarrollar nuestras interpretaciones con mayor libertad. La musicalidad ocupa un lugar central y la orquesta puede mostrar toda su riqueza de colores, tanto como conjunto como a través de cada uno de sus integrantes.
La segunda etapa: los arreglos
Una vez elegido el repertorio, comienza un nuevo trabajo.
La formación instrumental de cada concierto puede ser diferente.
A veces actuamos como cuarteto —bandoneón, violín, piano y contrabajo—. Otras veces incorporamos un cantante y nos convertimos en quinteto. También podemos presentarnos como dúo, trío o incluso en agrupaciones más numerosas.
Cada cambio de formación exige nuevos arreglos musicales. Las voces deben redistribuirse, los roles instrumentales cambian y las partituras deben adaptarse a los músicos disponibles.
Aunque pueda parecer sencillo, esta es una de las partes más importantes del proceso. Cuanto mejor está hecho un arreglo, mejor funciona la música.
Espero escribir algún día un artículo dedicado exclusivamente a cómo se construyen los arreglos de una orquesta de tango.
Cuando los arreglos están terminados, las partituras se distribuyen entre los músicos y comienza el trabajo individual.
Un pasaje que durante el concierto dura apenas unos segundos puede ser repetido decenas de veces durante el estudio. Poco a poco, las notas escritas en el papel dejan de ser simples símbolos y comienzan a convertirse en música.
Pero el trabajo individual es solo la mitad del camino.
En una orquesta de tango, el verdadero desafío es aprender a hacer música juntos.
Una vez coordinados los horarios y encontrado un lugar para ensayar, comienzan los ensayos grupales.
Durante los primeros encuentros, cada músico suele estar concentrado en su propia parte. Por decirlo de alguna manera, estamos construyendo el esqueleto de la obra. Tocamos, escuchamos, corregimos errores, tomamos notas y volvemos a intentarlo.
Con cada ensayo empezamos a escuchar realmente a los demás.
Y llega un momento en que la música comienza a cobrar vida.
Los músicos empiezan a percibir la respiración, los movimientos y las intenciones de quienes tienen al lado. Desde afuera pueden parecer detalles insignificantes, pero son precisamente esos detalles los que crean la sensación de unidad que el público percibe durante un concierto.
Y finalmente llega el día del concierto
Los días de concierto tienen una energía especial.
Desde que me despierto, mi atención se dirige por completo hacia la actuación. Reviso el instrumento, preparo cables de repuesto, partituras y micrófonos si son necesarios. Dejo lista la ropa para el escenario y realizo una última práctica.
Unas tres o cuatro horas antes del comienzo nos dirigimos a la sala.
Al llegar, empieza otra fase importante: la prueba de sonido.
Este trabajo se realiza en una sala vacía, pero a veces puede resultar tan exigente como el propio concierto. Se ajusta el equilibrio entre los instrumentos, se prueban los micrófonos y se analiza la acústica del escenario y del auditorio. Además, los músicos regulan los monitores para poder escucharse correctamente entre sí.
Cuando termina la prueba de sonido, solo queda esperar.
Y curiosamente, esos momentos suelen ser algunos de los más divertidos de todo el día.
Detrás del escenario se crea una energía muy particular.
Algunos repasan sus partituras una última vez. Otros permanecen en silencio. Algunos vuelven a practicar pasajes difíciles. Y otros —normalmente yo— prefieren bromear para aliviar la tensión.
Quince minutos antes del concierto ya estamos preparados entre bastidores, esperando la señal para salir.
Escuchamos el murmullo del público entrando a la sala. Intentamos mantenernos tranquilos. Sonreímos. Nos damos ánimo mutuamente.
Y si estamos actuando con la Orquesta Tango Artı, solemos continuar una tradición que ya se ha vuelto costumbre: nuestros famosos “hmmmm” colectivos. 😀
Finalmente llega la señal.
A veces salimos con una presentación previa y otras veces simplemente caminamos hacia el escenario.
Comienzan los aplausos.
Curiosamente, en muchas salas apenas podemos ver al público debido a las luces. Quizá distinguimos las primeras filas, pero más allá solo vemos oscuridad.
Esa imagen siempre me recuerda a estar tocando en un muelle durante la noche, frente a un mar invisible.
Entonces suena la primera nota.
Y todo el proceso de preparación queda atrás.
Para nosotros el tiempo empieza a correr de otra manera.
Pasajes que requirieron horas de ensayo desaparecen en cuestión de segundos.
Generalmente nos gusta abrir los conciertos con piezas enérgicas y terminar con obras que dejen una impresión duradera.
El concierto termina.
Llegan los aplausos.
Saludamos al público.
A veces nos piden una pieza más.
Y finalmente abandonamos el escenario después del último saludo.
Más tarde, alguna persona vuelve a acercarse y dice:
"Fue un concierto maravilloso. Nos quedamos con ganas de más. Ojalá hubiera durado un poco más."
Y una vez más pienso exactamente lo mismo:
"Ojalá hubieran podido ver todo lo que ocurrió antes de que sonara la primera nota." 🥰
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